La CUT no nos representa. Por Marco Salazar, dirigente sindical

En la actualidad, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) apenas cuenta con poco más del 2 por ciento de los 8,2 millones de empleados del país, según la última encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas (INE).

Por lo tanto, se podría decir que hace rato la representatividad de esta multisindical está quedando en entredicho. De hecho, como ejemplo, se cita que en 2012, cuando fue electa por primera vez Bárbara Figueroa (PC), solo habían inscritos cerca de 640 mil trabajadores, cifra que bajó a 158 mil en los últimos comicios de 2017.

Por otro lado, siempre en las elecciones de la CUT hay un dejo de oscuridad que espanta, dado que el Colegio Electoral Nacional (CEN) detecta habitualmente una serie de falencias. Hablamos de documentación falsificada (certificados de vigencia), robos de material electoral, votantes inhabilitados, sindicatos inflados y fantasmas, nombres cambiados y padrones sin fiscalizar, anormalidades que han sido retratadas en diversos medios de comunicación.

Caso aparte es el polémico sistema de votación, que es mediante el cuestionado “voto ponderado”, donde los consejeros son elegidos por dirigentes sindicales y no por trabajadores como usted o como yo. Ello resulta de la división que se hace del número de asociados de una organización por el número de dirigentes de la misma entidad. En cifras, si un sindicato de trabajadores tiene 450 socios y 3 dirigentes, el sufragio de esos dirigentes equivale a 150 votos cada uno. Saque la cuenta.

Por consecuencia, los 45 consejeros nacionales sólo son electos por 2.582 electores, pero en absoluto desbalance y casi por voto censitario, porque si en total participaron 131 organizaciones aproximadamente, entre las que suma a sindicatos, federaciones, asociaciones y confederaciones, el resultado debiera ser otro.

Esto explica, en parte, por qué la Central perdió más de medio millón de afiliados bajo el mandato del Partido Comunista.

Pero hay otras razones, a saber, la fuga de confederaciones y gremios a otras asociaciones de trabajadores y la limpieza del padrón electoral, donde figuran sindicatos absolutamente inflados, como el del Colegio de Profesores, que tuvo que congelar su militancia en la mismísima CUT tras la presidencia que perdió otro militante del PC, Jaime Gajardo.

Y esto no para. La Confederación Campesina representa a más de 25 mil trabajadores, pero en realidad son solo 8 mil, lo mismo que el Sindicato de Panificadores, que asegura tener 900 socios, pero que en verdad tiene no más de 200 miembros.

Para qué seguir, cuando lo penoso es que los trabajadores se siguen retirando de la CUT, que cada vez está más dividido y destruido. Hoy los líderes históricos de la multisindical cuestionan el liderazgo de Figueroa por su estricto apego a las directrices del Comité Central del PC y a las políticas gubernamentales y por imponer sus posturas sin diálogo y sin buscar consensos.

Un dato lapidario respecto al debate del sueldo mínimo: en el primer gobierno de Sebastián piñera, la CUT, al mando de Figueroa, solicitó un monto de 250 mil pesos. Sin embargo, en la segunda administración de Michelle Bachelet, la misma CUT de Figueroa fijó el sueldo mínimo en 230 mil pesos, 20 mil pesos menos. ¿Por qué esa diferencia? Esto es lo que pasa cuando la Central está maneja y cooptada por partidos de izquierda.

Desde la vereda de la verdad, que es el regionalismo y el centro político que irradia el PRI, junto a la directiva que lideran Hugo Ortiz De Filippi y Rodrigo Caramori y el Frente Sindical que tengo la suerte de encabezar, nos sentimos identificados por la inmensa mayoría de los trabajadores que estamos aburridos de que se burlen del pueblo. Sin rodeos, la CUT no nos representa ni tampoco es un ente válido para negociar acuerdos con ningún Gobierno.

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